Breve Biografía de nuestra Fundadora

"No tengáis miedo a ser valientes,
con la valentía de los Santos
y demostrémosle a Jesús
que hay quien le ama
y que estamos dispuestas
con su gracia
a llegar con Él
hasta el Calvario
."

MADRE ELISEA OLIVER MOLINA

El 9 de julio de 1869 en Benidoleig, pequeño pueblo campesino de origen árabe, perteneciente a la provincia de Alicante en España, nace y es bautizada, la que más tarde había de ser Madre Elisea: Josefa Oliver Molina. Sus padres fueron: Tomás de Villanueva Lino Oliver González, casado en segundas nupcias con Josefa Ildefonsa Molina Ballester. Los hijos del primer matrimonio, Pascual y Severino, junto con los nacidos de su segunda esposa: Mª Teresa, Juana Marta, Antonia, Tomás (fallecido a la edad de 1 año) Tomás, Isidro, Juan, Josefa (Madre Elisea) y Mª Rosa, formaban aquel hogar cristiano y numeroso. A ellos se agregaba, completando la docena, Josefa Rosario, una niña abandonada por sus padres, que este matrimonio cuidó como a una hija más.

En esta familia de clase obrera, Josefa vivió su infancia modestamente, aunque sin grandes estrecheces económicas, ya que poseían unas tierras fértiles que cultivaban. Esto, a lo que se añadía el oficio de barbero y practicante del padre, les proporcionaba cierto desahogo material. Junto con sus once hermanos, Josefa creció en aquel hogar cristiano, honrado y piadoso, asimilando las virtudes evangélicas que sus padres y hermanos practicaron y que, en ella, encontraron buena tierra para germinar.
De estos primeros años, cabe destacar que, su vida consistía en asistir a la única escuela primaria del pueblo, ayudar a su madre en las tareas domésticas y a su padre en la barbería, especialmente a partir del momento en que comenzó a resquebrajarse su salud, participar en la vida de la parroquia y ocupar sus tiempos libres jugando con sus amigas. Pasaba también, algunas temporadas, en el pueblo vecino de Miraflores, con su tía Dorotea. Ésta, hermana de su madre, viuda sin hijos, maestra de profesión y fervorosa cristiana, ejerció sobre ella gran influencia, tanto en el aspecto educativo, como ayudando y apoyando su deseo de consagrase al Señor, cuando llegó la hora de la decisión.

Su infancia, al principio, iba transcurriendo con toda normalidad, hasta que, el día 29 de enero de 1878, cuando todavía no había cumplido los 9 años, quedó huérfana de padre.

A partir de este momento, la familia entró en una etapa de dificultades y estrechez económica. Ella aprendió entonces a enfrentarse con generosidad y entereza a la dureza de la vida y a las situaciones
adversas, acrecentando su sentido de responsabilidad y de colaboración con su madre en las faenas domésticas.

La personalidad, humana y cristiana, de Josefa Oliver se iba robusteciendo, conforme avanzaban los años de adolescencia y juventud. En esta etapa se forjaron los cimientos de su edificio interior, preparándola para la especial misión que Dios le iba a encomendar.

Su carácter se iba modelando a base de una relación de amor en el ambiente familiar y de una vida de entrega, sacrificio y esfuerzo conjunto. El hecho de que sus hermanos mayores se fueran casando y dejando el hogar, otros murieran, y se quedara ella como la mayor de las mujeres, siendo todavía adolescente, tuvo que influir en su maduración y también en la compenetración con su madre, ya que tenía que compartir con ella la responsabilidad, el peso de la casa y la atención a los cinco hermanos que quedaban.

Por motivos económicos comenzó a trabajar fuera de casa en las tareas del campo, como muchas de las jóvenes de Benidoleig, particularmente en la elaboración de la pasa. Los testimonios recogidos sobre ella en aquella etapa nos facilitan el detalle de su ejemplo silencioso y orientado a Dios. Tenía fama de “buena chica” y se sabía que se levantaba temprano a rezar y que los domingos iba y volvía a pie a Denia –pueblo alicantino importante a unos 6 km. de distancia de Benidoleig- para asistir a la Santa Misa. También procuraba buscarse otros momentos de soledad en parajes escondidos de su pueblo, para dedicarse allí a la oración.

Las responsabilidades respecto a la familia, el trabajo y el cultivo de su vida interior, las compaginaba perfectamente con su dedicación a la parroquia, que era para ella como su segundo hogar. Los testimonios abundan en el sentido de afirmar que tenía vocación para las cosas de la iglesia… Se preocupaba del adorno, de la limpieza, de los cantos… Especial esmero ponía en los adornos florales a la Virgen.

Van a ir perfilándose y profundizándose en ella esas dos características que luego serán la base de su vida carmelita: su amor a Dios, manifestado en la vida de oración y de entrega a los demás y su amor a María, exteriorizado en la delicadeza de trato hacia ella y en su actitud profunda de humildad de corazón.

Desde pequeña, tuvo Josefa contacto con personas que sufrían el dolor y la enfermedad, ya que, la profesión de su padre, propiciaba que acudieran a su casa quienes tenían estos problemas, sabiendo además que iban a ser atendidos con solicitud por este ejemplar matrimonio, ya que su madre también colaboraba con la profesión de su esposo, y prestaba los servicios de comadrona en el pueblo. Este  
ambiente, fue muy favorable para que fructificara en ella la semilla de la caridad más exquisita. Su disponibilidad para asistir a algún enfermo que lo necesitase era muy notable, desde jovencita. Los vecinos del pueblo eran testigos de que, la joven Josefa, allá por sus 18 años, era ya una verdadera apóstol. Trataba de llevar la alegría a todos los que la rodeaban, siendo mayor su entrega a los pobres y a los enfermos más necesitados. Sus visitas no eran de cortesía. Les llevaba ánimo y alegría. Sorprende que, con sus pocos años, ejercitara este servicio de manera habitual y con tanto desinterés y naturalidad.

Esta disposición de entrega a las obras de caridad, especialmente a aquellos que son menos agradables a los ojos de los demás, va a ser otra de las facetas de su espiritualidad, en esta temprana edad, que luego será nota característica de la proyección apostólica de su Congregación.

Se sabe, también, que atendía la formación de los niños en la catequesis y que ayudaba a su tía Dorotea en las tareas escolares de los que más lo necesitaban.
Podemos concretar el perfil de su personalidad, definiéndola como una joven madura, sensata, humilde, austera, equilibrada, trabajadora, honrada, honesta, habilidosa e inteligente. Capaz de adaptarse a todas las circunstancias.

En este clima propicio de su vida interior, surgiría la llamada a consagrar su existencia a Dios como fruta madura, a la vez que se iba capacitando para ser recipiente útil, donde Él podía volcarse sin medida.
Su madre, aunque conocía sus deseos y no se oponía a ellos, le ayudaba a reflexionar serenamente, para que acertara en su decisión. Fue la presencia de unas religiosas, que postulaban por aquellos pueblos y que aparecieron por Miraflores, mientras ella se encontraba allí, la que le dio ocasión de conectar con las Terciarias Carmelitas de Alcantarilla. En este momento, es cuando debió ser decisivo el apoyo de su tía Dorotea. Con estas religiosas se dirigió a Benidoleig a casa de su madre; éstas se quedaron allí a pasar la noche.

Las alternativas, por el momento, no eran muchas y ella tenía que decidirse. La finalidad apostólica que se le propuso, y a la que se dedicaban estas “religiosas”, logró ser, en aquel momento, lo suficientemente atrayente para las aspiraciones de la joven Josefa. Al comunicárselo a su madre, ésta le respondió que se lo pensara bien y que se asegurara del paso que iba a dar, a lo que su hija respondió: Dios proveerá. Así que resolvió marcharse con ellas, con la autorización de su madre y el respaldo previo de su tía. Con la mantilla de cabeza que le había regalado ésta última, salió de su casa abandonada en la Providencia.
Allá por 1888, en fecha exacta muy difícil de precisar, ingresó en esta incipiente Congregación de Hermanas Carmelitas Terciarias, fundada por Madre Piedad de la Cruz Ortiz Real, en Alcantarilla (Murcia), lugar en el que se habían asentado en 1887. Allí le vistieron el hábito y se le asignó, precisamente, el nombre de Providencia. No cabe duda que este nombre será todo un símbolo y un sello imborrable en su trayectoria de vida, pues, bajo este impulso y confianza en la Providencia de Dios, atravesará todas las vicisitudes que el camino de seguimiento de Jesucristo le irá deparando.